Tierra santa


Alguien dijo por ahí que la Virgen María le asestó un golpe de estado al mismísimo Dios, pero lo cierto es que en el quinto misterio glorioso se reza la Coronación de María Santísima como Reina Universal de todo lo creado. Queda esto comprobado con la popularidad de su devoción en las mil y una advocaciones y los cientos de altares que se levantan en su nombre. En La Ceja hay altares famosos como el de la Virgen de La Paz (hacia la aurora) y la Virgen de Fátima (hacia el ocaso); pero la más popular devoción es a María Auxiliadora, herencia de las comunidades salesianas, y a la Virgen del Carmen devoción asentada por las carmelitas del convento.
Suelen levantarse calvarios a borde de carretera para conmemorar al caído, pero la cruz es dolorosa y ya es bastante con el viacrucis de la vida. Por eso la gente prefiere tomar la vida con optimismo y poner su Fe en la Virgen, en su reinado, y espera que como élla el humilde sea enaltecido, porque en ella se canta el Magnificat. Los hermosos altares que los creyentes levantan espontaneamente a la Virgen son la expresión de una confianza que no repara en gastos materiales y en cuidado constante. Es una fe viva que consagra el espacio para la reverencia y el recogimiento, para la Religión; porque con María volvemos a ligar la tierra con el cielo. Amén.

Bosques del encanto


Los bosques de San Nicolás, al noroeste del valle de La Ceja, solían dar acogida a los amantes de la naturaleza que buscaban el silencio y la soledad para la meditación o para la intimidad del amor. Hoy esos árboles son arrasados por los inmisericordes propósitos del progreso ante la mirada impávida de los cejeños.

Esa flora y fauna desaparece junto a los espíritus fabulosos que los habitaban, porque en esos bosques tuvieron morada, no las frágiles hadas y elfos de los nórdicos sino, los rústicos sátiros y ninfas que vinieron desde Grecia. Cuenta de ello son algunos jóvenes que allí se concibieron en ebrios y orgiásticos ritos a Dionisio y hoy tocan flautas u otros instrumentos de viento, que suenan con melancólica nostalgia los aires que rememoran a los espíritus que huyeron.

Si se mira con cuidado algunos rostros de jóvenes de la Banda Sinfónica Juvenil, se podrá advertir esa mirada fatal de Eurídice o los ojos lujuriosos de Pan. Yo doy fe de ello porque de muchacho conocía personalmente a sus padres y frecuentaba esos bosques para levantar con mi gallada totems Pielesrojas junto a los pinos y luego de danzar como lobos el baile del chamberlain, los veíamos surgir de entre los árboles, cómo Céforis y Cloris en la Primavera de Botticelli, y no sabían ocultar esa mirada de divina verguenza que deja el hechizo de un bosque encantado.

Acabar con los bosques de La Ceja será acabar con el espíritu que anima el romanticismo, y como ya se ha dicho en otro momento, un pueblo sin románticos es un pueblo de idiotas.