
Este simpático cuadro está aún colgado en el bar La Ceiba. Antaño era el atractivo en muchas de las hoy desaparecidas cantinas de La Ceja. Su observación, a más de risa, mueve a indagar sobre tan engorrosa situación a que llegó esta famosa pareja de amigos, del cómo juntaron tantos apuros y a pretender buscar la manera de salir de ellos. Al meterse en el cuadro el observador no puede evitar que el cuerpo haga esfuerzos y contorsiones para esquivar y zafarse de la dificultad.
Sin duda todo comenzó cuando el pícaro Benitín sacó a Eneas de la comodidad de su casa con el aliciente de ganar rápidamente unos buenos pesos, llevando unas rastras de madera al otro lado del pueblo. El flaco y narilargo Eneas nunca preguntó si burros, quebradas, serpientes, abejas y perros interferirían el apacible viaje, ni tampoco Benitín se preocupó en advertirle. Lo cierto es que justo cuando les tomaban esta foto, Eneas echaba de menos a su esposa con sus puños y cantaleta, extrañaba su cómodo sillón y a su gata, y se mordía de rabia de pensar cómo diablos le volvió a hacer caso a ese enano vagabundo. No veía la hora y la manera de salir de esa situación para ponerle un ojo morado.
Hay días en la vida que parecen confabular todos los enemigos en contra de nuestra tranquilidad y sólo deseamos que pasen rápidamente esos momentos para salir de ese cuadro lamentable, y poder mirar luego con humor, como mirando una historieta de periódico, esas situaciones que nos sacan de la modorra de la comodidad y convierten esas pequeñas contrariedades en toda una aventura que le dé gracia a nuestra prosaica vida.
