La pesebrera


Hablar de la pesebrera, ese espacio excepcional de algunas casas cejeñas, tiene además del motivo de la navidad y el pesebre, el deseo personal de rememorar ese curioso espacio doméstico que integraba en la casa a la vaca y al caballo como miembros de la familia. No hago referencia por supuesto a mi casa donde no consentíamos ni al perro ni al gato, me refiero a las pesebreras de mis vecinos, la familia Tobón (Don Alfredo, Don Jesús María y Don Luis Eduardo), que en cada una de las tres cuadras contiguas de la carrera Bermudez, tenían esos habituales y singulares visitantes.

Compartir en la casa la compañía de una vaca y un caballo debe ser un privilegio digno de un niño Dios; la pobreza se hace soportable con una buena compañía. La sola presencia de estos animales es reconfortante, transmiten con su olor y el calor de sus cuerpos esos ánimos de serenidad y de paciencia que parecen ayudarnos a soportar las cargas del mundo. No en vano Swift hizo del pais de los Houyhnhnms, en el cuarto viaje de Gulliver, una ocasión para hablar de las virtudes caballerescas; y de la vaca, huum, la vaca es la tranquilidad de la vía láctea. No es gratuito tampoco que se convirtieran en miembros entrañables de la familia Tobón, donde el temperamento bravío de ese apellido sólo se apaciguaba ante la serenidad y paciencia de estos nobles animales.

Descubrimiento de San José


A Luis Tejada.

Muchos nos tildarán de presumidos por revelar un hecho que el destino nos reservara, por azar o providencia, de descubrir a San José. Si ya el sabio Heráclito dijo que nadie va a bañarse dos veces al mismo río, así el San José descubierto hace no se cuantos años no es el mismo al que nosotros descubrimos hace apenas unos días. Guiados por la nativa Helda, un grupo de excursionistas nos adentramos por la carretera destapada que conduce de Rancho Triste al rio Buey provistos tan sólo del entusiasmo de Robinson Crusoe ante una huella en la arena.


Las exploraciones geográficas, botánicas (cuales tomátes ni que ocho moras) y zoológicas nada importa ante las extraordinarias observaciones que hicimos sobre la cultura y costumbre de estas gentes que habitan las tierras del suroeste cejeño y que son materia urgente del informe de esta expedición.



Siguiendo los procedimientos recomendados por el Manual del Explorador para conseguir acercarnos y ganar su simpatía, con cautela y entregando como presente unos chocolates, advertimos que los niños y jóvenes gustan de estas golosinas y además tienen una atracción especial a los deportes y el juego, aun sin saber que en el municipio existe un instituto que tiene la obligación de promover el deporte y la recreación. Los adultos tienen nociones sobre el uso de las herramientas pero desconfían que exista maquinaria del municipio que retiraría sin esfuerzo y con brevedad la tierra que amenaza sepultarlos con casa y todo, acometen con rústicas palas, sin tregua, a retirar toneladas de tierra que estos inviernos convierten en derrumbe.



Pero el hecho más significativo de esta exploración, que merecería aparecer en los anales de la antropología (y denunciarse al mundo), es lo que no advirtieron las comisiones gubernamentales ni las misiones eclesiásticas sobre la situación sui géneris y lamentable de una familia. En casa de doña María Rubiela se vive la presencia perenne de un bebe y el sitiar implacable de la pobreza. La niña Adriana tiene 25 años, toma tetero y usa pañal, Maria Rubiela con sus tantos años la sigue bañando y alimentando siempre y cuando don Alvaro y Diego logren levantar algo para la comida de todos.




En la panacea de la civilización la antropología no puede explicar este hecho, los sociólogos se rasgan las vestiduras, los teólogos dudan que haya hombros para tanta cruz, los vecinos apenas se acuerdan que existen y los servidores públicos siguen cruzados de brazos.