En la segunda mitad del siglo decimonónico, cuando el espíritu del romanticismo soplaba por estas verdes campiñas en la voz de Gregorio que cantaba la epopeya de los cultivadores de maíz, el espíritu se dirigió a un hombre, como una vez Dios habló a Abram: Sal de la casa de tu madre y ve a la tierra que yo te mostraré. Marchó Anselmo con su mujer Concepción. Se dirigieron hacia el oriente de La Ceja por la vía a la Unión y se establecieron en la tierra prometida de las Lomitas.
En una casa grande Anselmo y Concepción levantaron sus hijos y gozaron con ellos de prosperidad, en una tierra que manaba leche y miel. Cuando éstos fueron mayores les repartió tierras para levantar casa y familia y así comenzó una descendencia como la arena del mar. Se les llamó israelitas, como el pueblo de las numerosas tribus de Jacob.
Parece una historia bíblica, al punto de que ésta también registra diáspora. Un siglo después la tierra sagrada que forjó el sueño de los patriarcas se vendía a los extraños, que es algo así como vender la madre o como decir José vendido por sus hermanos. Las casas, que a lo lejos blanqueaban ocultas como palomas entre el ramaje verde, acaso las guarda la memoria aún. El fuego del hogar lo enciende mano extraña. Ya es ajena la casa paternal. De todo ello sólo queda invocar los versos del poeta:
Infancia, juventud, tiempos tranquilos,
Visiones de placer, sueños de amor,
Heredad de mis padres, hondo río,
Casita blanca... y esperanza, ¡adiós!
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